La otra cara del sufrimiento

Tenía pendiente una entrada sobre mi experiencia con el sufrimiento. No puedo concretar mucho, pero algunas cosas sí puedo decir. Como digo en el título se trata de la otra cara del sufrimiento, una ya la conocemos, voy a hablar de la otra.

El sufrimiento es algo complicado, un misterio, y yo a veces parece que lo entiendo y otras no del todo.

Lo normal es que con el sufrimiento lo pasemos mal y queramos que acabe cuanto antes. Lo curioso es que, aunque parezca mentira, también nos trae cosas buenas y positivas a nuestras vidas que de otra forma no habrían sucedido.

En mi caso, las situaciones que me han hecho sufrir ya no son teoría para mí, algo que solo sé de oídas, no; lo he experimentado, y al vivirlo desde dentro, han cambiado muchas cosas. Me he dado cuenta que lo que se ve desde fuera, los tópicos sobre eso que he vivido no son ciertos, conozco lo que es en realidad y, lo haya superado o no, ahora realmente entiendo por lo que están pasando los que están en esa situación.

Me he encontrado con gente muy especial, gente buena de verdad, que me ha ayudado a cambio de nada, y yo también he tenido la oportunidad de ayudar a otros que estaban en mi misma situación. Es una sensación extraña el ayudar a otros a que superen esa situación mientras ves que tú sigues en lo mismo, una mezcla de tristeza y alegría, pero al mismo tiempo para mí ha sido una buena terapia.

He aprendido lo que es la paciencia, a esperar sin desesperar, aunque a veces se hace difícil.

Gracias a esos sufrimientos he estudiado, aprendido, conocido cosas, que de otra forma no lo hubiera hecho.

En el plano religioso, aunque para mí va todo unido, he cambiado mi forma de rezar; primero era “Por favor, quiero esto” y después ha sido “Tú sabes lo que quiero, pero que se haga Tu voluntad ya que eres El que sabe lo mejor”.

Lo bueno de creer en Cristo es que sé que esos sufrimientos los puedo unir al suyo y al ofrecerlos sirven de mucho.

No sé si habrá alguien que se pueda sentir identificado con algo de lo que escribo, porque cada sufrimiento nos trae cosas distintas, pero seguro que el que tengáis os ha traído algo positivo, aunque a veces cueste verlo.

Hace poco me leí la Carta Apostólica Salvifici Doloris de San Juan Pablo II (ya era hora). Es una maravilla. Leedla si tenéis oportunidad.

En esta dimensión —en la dimensión del amor— la redención ya realizada plenamente, se realiza, en cierto sentido, constantemente. Cristo ha obrado la redención completamente y hasta el final; pero, al mismo tiempo, no la ha cerrado. En este sufrimiento redentor, a través del cual se ha obrado la redención del mundo, Cristo se ha abierto desde el comienzo, y constantemente se abre, a cada sufrimiento humano. Sí, parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar.

VirgenDesamparadosSD3

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12 pensamientos en “La otra cara del sufrimiento

  1. Sí me siento identificada, también en lo que dices sobre tu nueva forma de rezar. La persona que no ha sufrido de forma significativa y profunda sólo se preocupa de lo que desea, es como un niño. Curiosamente, el sufrimiento nos acerca a Dios, en vez de alejarnos de Él. Cuando todo lo demás falla -y siempre falla- nos damos cuenta de que sólo podemos recurrir a Dios.

    Un abrazo.

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  2. Mira, yo tengo un concepto extraño. Y sabes de estas rarezas mías. Yo creo que el sufrimiento, impuesto o elegido, porque a veces nos metemos en líos solitos y sin ayuda (hablo de mi) es un arma poderosisima para nuestra salvación. Yo digo que si el demonio nos convoca a seguirle por medio de la complacencia, de los placeres y autosatisfacciones, del alejamiento de todo lo que tenga que comportar sufrimientos, entonces ir hacia el bien, hacia la bondad, la Verdad y todo lo bueno requiere evidentemente, por algun misterio de Dios, de todo lo contrario que es sufrir. Y yo creo que el Señor lo sabía, porque nos mostró que a la cruz se llega por el camino del calvario. El sufrimiento definitivamente juega un papel fundamental.

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  3. El poeta Luis Rosales tiene escrito que “las personas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir”. Yo dudo que sea posible un verdadero acercamiento a Dios sin un sufrimiendo agrio de por medio.

    Y es el caso que esta misma tarde, viajando en el tren, rezaba el breviario, y el muchacho que estaba conmigo -siempre cuido de trabar conversación, por si puedo llevar el agua a mi molino- me pregunta por curiosidad: “Ese libro ¿es la Biblia?” Por supuesto, he respondido a la pregunta, pero he añadido bastantes más cosas en torno a la belleza de nuestra religión y demás. Le veía una cara de indiferencia tal, que en un momento determinado le he preguntado si había sufrido algún dolor serio en su vida: me responde que no; y yo, viendo que el desinterés era tan grande, y pensando en no hacerme pesado y pensando en lo que dice el Papa de no responder a preguntas que no han sido formuladas, me he devuelto al silencio y a la oración.

    Decía a este propósito C. S. Lewis -y estoy de acuerdo a medias- que “el sufrimiento es el altavoz que Dios utiliza en este mundo para despertar a los sordos”. No es que yo desee un accidente de moto para el muchacho de esta tarde; es que quizá lo desea Dios.
    Y no quiero decir con esto que solo se pueda encontrar a Dios en el sufrimiento; quiero decir que es una vía absolutamente privilegiada.

    Yo soy sacerdote; consagro; confieso; he comulgado innumerables veces desde la infancia; he pasado muchas horas ante el Sagrario; leo la Escritura diariamente; atiendo a los pobres de la manera que me corresponde; la Iglesia… Tantos modos de presencia de Dios en mi vida…, y cuando realmente me he encontrado con Dios -de manos a boca, compañeros en la Cruz-; y cuando he podido descubrir que no había ninguna duda del amor que le tenía, y -le decía- tampoco Él podía negarlo, ha sido en la santa enfermedad.

    En fin, hermanos, yo tengo muchas teorías sobre la enfermedad, pero creo que, como no me las preguntéis, “non est hic locus”.

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      • Vamos a lo primero. Para muchos, el infierno es un castigo que impone Dios, y el purgatorio también. Si se me acepta que castigo es el que se impone para que el otro rectifique, y si se recuerda que después de morir no hay rectificación posible para bien ni para mal, ¿Dios no castiga? Ahora bien, ¿castigar no es propio de un padre? Luego Dios castiga en esta vida. Y aquí viene que ni pintada la convicción de Lewis. A un alocado que ni se acuerda de Dios, ¡zumba!, le atiza o le permite Dios una peritonitis aguda. “El sufrimiento es el altavoz que Dios utiliza en este mundo para despertar a los sordos”; ya que ante el dolor, y sobre todo ante la muerte, se nos caen todas las máscaras para clamar al Altísimo. Castigo, sí. Porque “ninguna corrección, cuando es aplicada, resulta agradable, antes duele; pero más tarde produce a los que la han ejercitado frutos de paz y de justicia” (Heb 12,11).

        Lo otro va en otra apostilla. Así queda más mono.

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      • Es que las teorías sobre la enfermedad pueden ser incontables, sobre todo porque cada uno habla de la procesión según le va en ella. Yo veo sensato, eso sí, reclamar una mayor atención a quienes más han sufrido. Creo contarme entre ellos.

        Los ateotes teóricos o prácticos, en la enfermedad, sienten imperiosa la necesidad que antes decía de acercarse a Dios, incluso si se resisten.
        Los que vamos de buenos –pero Dios tiene una balanza- hacemos lo mismo, pero desde nuestra condición. Somos rezadores, procuramos vivir entregados, etc.; y ahora, en la enfermedad que nos saja el cuerpo, la unimos a la Pasión de Cristo, damos gracias por tanto dolor, le colgamos intenciones por todas partes, pedimos más sufrimiento, etc. Esto es: sublimamos la enfermedad porque lo necesitamos. Con la enfermedad y sin sabernos –lo somos, ciertamente- héroes, moriríamos. Escapamos de la enfermedad yendo adentro de ella. La superamos a base de abrazárnosla para que no se escape. Somos, verdaderamente, héroes, y si la causa es que lo necesitamos, la causa, digo yo, no muta el hecho.

        Pero luego viene lo triste –y recuerda que hablo de la procesión según me va en ella-. Empieza la curación, y con ella llega una etapa en la que debemos seguir unos cuidados: medicación; horarios regulares de sueño; ejercicio; etc. Ahí ya nos encontramos mejor, y no necesitamos sublimar. Nuestros deberes son mucho más pedestres… y es fácil que no los cumplamos…

        Pero cátate que, muy probablemente, el cumplimiento de deberes que no son heroicos es más heroico. Yo me acuerdo aquí de un pensamiento de San Josemaría Escrivá que dice, más o menos: “¡Cuántos que se dejarían clavar heroicamente en una cruz, ante la mirada atónita de cientos de espectadores, son incapaces de soportar los alfilerazos cotidianos que supone la convivencia diaria!” Así que yo creo que la sublimación enamoró el Corazón de Dios, pero Él nos esperaba más en las pequeñas cosas de la recuperación.

        Como me anduvo lo cuento.

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  4. Muchas gracias por contar tus teorías y testimonio Miguel.
    La verdad es que yo no veo a un Dios castigador, pero porque el castigo y lo de pegar lo veo y lo siento (como madre) como una venganza o algo así. Si alguna vez lo he puesto, pocas, ha sido porque no me he sabido controlar y he perdido los papeles.
    Creo que es más bien, como das a entender, como llamadas de atención, como el altavoz ese que dices para despertar a los sordos. Yo misma le pido siempre a la Virgen que me lleve por el camino que Dios quiere para mí, y si yo no quiero o no me entero, que me lleve de las orejas o de los pelos, o lo que haga falta.
    También lo cuento como me va, a lo mejor me equivoco.
    Yo es que, igual que dice Virgen Peregrina, también soy muy rara…

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    • El punto es ese: que entendemos el castigo como una venganza, y en cambio, es para el bien del castigado. Y cómo tendrá -Dios santo-, cómo tendrá que ser el cielo para que nos rectifiquen nuestro camino con castigos como los que pasamos a veces…

      Dos citas de San Pablo: “Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá” (Rom 8,18); “por la momentánea y ligera tribulación, nos prepara un peso eterno de gloria incalculable” (2 Cor 4,17). O, como dice un poema de la Liturgia de las horas, “a jornal de gloria / no hay trabajo grande”. ¡Nos importa el castigo!

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    • Y yo me pregunto de qué, que fuera peor, podía haberme librado el Señor con la devastadora depresión aquella.
      La doctrina de la Iglesia nos enseña que mediante el sufrimiento de aquí eliminamos o acortamos o atenuamos el sufrimiento del purgatorio; y nos merece la pena, porque ese sí que es devastador.

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